domingo, 31 de julio de 2016

Vital




              Hace cuatro años, Patricia Kraus fue la encargada de inaugurar la trigésimo séptima edición del Festival de Segovia. Gustó mucho su concierto aunque un lugar, encantador sí, pero de excesivo tránsito, como la Plaza de San Martín no reuniera las mejores condiciones para la justa apreciación de los valores de la cantante. En esta edición del festival la organización ha buscado un entorno como el minimalista Jardín de los Zuloaga para que lo que, entonces parecía intuirse, se manifieste ahora como la confirmación de un importante caudal de musicalidad, versatilidad, invención y condición vocal.

            Acompañada de una solvente banda formada por piano, saxo, bajo y batería, la cantante desplegó un amplio repertorio, basado en su último disco Ecos, en el que destacó como principal característica la diversidad estilística. Funky, bolero, rhythm and blues, rumba, balada, soul o canción de autor, estilos todos sazonados con un personal modo jazzístico que infunde unidad al programa y, a la vez, distinguidos todos por su adecuación al género original; cualidad esta que, aparte de las grandes intervenciones solistas, perfectamente determina la alta calidad de los intérpretes en escena.

            Momentos de gran altura emotiva como los homenajes a Billie Holiday, La Lupe, Paco de Lucía, George Gershwin, Mercedes Sosa o Ariel Ramírez; renovadas versiones de Quincy Jones, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Bob Marley, Mina y Alejandro Lemer, o canciones de autoría propia sirvieron para que Patricia Kraus mostrase su maestría a través de una depurada técnica, clarísima dicción perfectamente adaptada al sentido textual, belleza tímbrica, portentosos agudos y un talento innato para la improvisación en scat e imitación de la tímbrica instrumental.

            Una presencia desenfadada en escena y una buena comunicación con el público, cuyo coreo y acompañamiento de palmas sirvió de base para algunas improvisaciones, fueron elementos añadidos para la creación de una ideal fiesta de intensa musicalidad, frescura y vitalidad.

Luis Hidalgo Martín


41 Festival de Segovia

Ecos

Patricia Kraus, voz
Gherardo Catanzaro, piano y teclados
Enrico Barbaro, bajo
Georvis Pico, batería
Ramiro Obedman, saxo y flauta

Jardín de los Zuloaga












sábado, 30 de julio de 2016

Punto de fusión





         El 41 Festival de Segovia, en la inusualmente cálida noche estival del viernes en el Patio de Armas de El Alcázar, nos brindó la oportunidad de disfrutar la maravillosa actuación de Andreas Prittwitz & Lookingback Septet en su espectáculo Zambra Barroca.

            Aunque con una formación diferente, el conjunto que dirige Andreas Prittwitz ya nos visitó en este mismo festival en su edición del año 2010. Si su concierto de entonces fue satisfactorio, aunque pudo plantear alguna objeción en cuanto al concepto, este que ahora nos ocupa cabe ser definido como excelente. La madurez del conjunto, con fantásticas nuevas incorporaciones, y sobre todo del sentido del espectáculo -de cómo plantear la complejidad de la fusión en un discurso coherente y sólido- ha sufrido una transformación asombrosa que le llevará a cosechar cuantiosas victorias artísticas como la obtenida en El Alcázar ante un numeroso público totalmente entregado.

            Personalmente pienso que aparte de la excelencia artística de los intérpretes, tanto en el campo individual como en el colectivo, o la elección de un repertorio de alta calidad y belleza, el principal logro de Andreas Prittwitz & Lookingback Septet es su manera de fusionar dos músicas aparentemente tan dispares como la flamenca y la barroca. Sin embargo en el transcurso del concierto se va advirtiendo cómo una misma semilla -el gusto por la improvisación- enraíza en un tronco común, ramifica por el misterioso complemento de la diferencia y crea un delicioso fruto madurado por aportaciones nacidas del respeto, la cesión, la admiración mutua y el deseo de explorar caminos ignotos ¡Cuanto aprenderían nuestros cortos políticos en un concierto así!

            En numerosas ocasiones he planteado mis reticencias ante la música de fusión. No sé si la moda, en algunos casos, o la incapacidad de los intérpretes, en otros, nos han llevado a músicas en las que un estilo dominante hace ligeros guiños a otros menores. Andreas Prittwitz & Lookingback Septet ha conseguido el punto de fusión perfecto, el equilibrio justo para que dos estilos cambien de estado y fluyan por nuestros oídos directos al cerebro y al corazón apasionando el alma.

            Quizás podría destacar momentos sublimes, mágicos, de felicidad verdadera, de sorprendentes hallazgos, situaciones numerosas que se convirtieron en cotidianas durante el concierto; pero ¿son capaces estas letras de recrearlas de alguna manera? Sin duda creo que lo mejor es que los que estuvimos presentes guardemos cuidadosamente en nuestra memoria lo acontecido y que los ausentes corran a escuchar a Andreas Prittwitz & Lookingback Septet.

Luis Hidalgo Martín


41 Festival de Segovia

"Zambra Barroca"

Andreas Prittwitz & Lookingback Septet
Eva Durán, cante
Jorge Enrique García, contratenor
Mario Montoya, guitarra flamenca
Ramiro Morales, guitarra barroca y archilaúd
Joan Espina, violín
Roberto Terrón, contrabajo
Andreas Prittwitz, flautas de pico, clarinete, saxo y dirección

Música flamenca y de Purcell, Haendel, Sanz, Vivaldi, Bach, Monteverdi, Corbetta y Soler

Patio de Armas de El Alcázar 








viernes, 29 de julio de 2016

Emoción a flor de piel





Al hilo de la triste y prematura muerte de Nicolau de Figueiredo aquí está mi crítica de su concierto el 24 de julio de 2008 en la Semana de Música de Cámara de Segovia. El tiempo pasa, pero algunas cosas siguen plenamente vigentes. 


Emoción a flor de piel

Domenico Scarlatti y después Luigi Boccherini tuvieron la buena y mala suerte de recabar en la corte española. Por un lado se empaparon de la música popular y crearon un lenguaje vanguardista, especial y propio y por otro se vieron relegados a una segunda fila en el reconocimiento internacional debido a la poca influencia de la España del siglo XVIII.

Pero para hacer justicia a la música, en este caso de Scarlatti y de un escasamente reconocido Antonio Soler, sirven conciertos como el ofrecido el jueves por el impresionante clavecinista brasileño Nicolau de Figueiredo dentro de la Semana de Música de Cámara. Posiblemente esta haya sido la más impactante actuación dentro de lo hasta ahora acontecido y desgraciadamente fue presenciada por un pequeño número de espectadores. Es evidente que hay quien solamente se siente atraído por los grandes nombres sin reparar en la calidad, interés, o simplemente búsqueda de la sorpresa. Sin duda este no es un problema de este ciclo sino que forma parte de la idiosincrasia segoviana y esta incapacidad para nutrir propuestas culturales de esta calidad con un número digno de espectadores es uno de los grandes lastres que la candidatura de Segovia a la capitalidad cultural europea padece sin que parezca que se haga nada por evitarlo. Quizás menos fastos y acumulación de espectáculos y un reconocimiento de la realidad junto a un mayor compromiso con la didáctica, la estimulación y la valoración de los elementos culturales propios ayudasen a corregir el problema.

Es muy difícil describir la interpretación de Nicolau de Figueiredo pues hay que verlo y escucharlo para entender cuales son las causas que generan la fascinación, pero con gran esfuerzo podría reducirse a la elección de repertorio y una enorme técnica y compromiso interpretativo. La música de Scarlatti y su alumno Soler es una maravilla en su fusión del estilo barroco italiano y la música popular española. Las peculiares imitaciones guitarrísticas, las vertiginosas repeticiones de notas y los característicos giros rítmicos y melódicos que nuestro oído moderno relaciona con el flamenco y que sin embargo son previos a este y forman parte del folclore español desde siglos, se amoldan perfectamente en la sonata bipartita con un gran talento inventivo y un embriagador gusto por la disonancia. Con estos mimbres, a través de un apabullante virtuosismo, claridad en el fraseo y conducción de las voces y una expresión fantásticamente adecuada a cada momento, la emoción que el clavecinista transmite es  una autentica fiesta para el alma.

Su interpretación del Fandango de Soler  fue un hito que guardaré en mi memoria. Ojalá volvamos a escucharle pronto y entonces seamos más.


Luis Hidalgo Martín


39 Semana de Música de Cámara de Segovia

Nicolau de Figueiredo, clave
Obras de Scarlatti y Soler

San Juan de los Caballeros








jueves, 28 de julio de 2016

Del paraiso y el infierno







             El 24 de marzo de 1916, en mitad del Canal de la Mancha, un torpedo del submarino alemán SM UB-29 partía en dos el buque de bandera francesa Sussex. En pocos minutos ochenta de sus pasajeros fueron tragados por las frías aguas atlánticas, ochenta vidas truncadas por el insensato destino además de por la estéril y absurda crueldad de la guerra, entre ellas la de Enrique Granados, que a salvo en un bote salvavidas no dudó lanzarse de nuevo al agua para intentar salvar a su esposa. Desaparecía así, a los cuarenta y ocho años, aclamado internacionalmente, sin haber alcanzado la cima de su arte y teniendo aún un largo camino por recorrer, uno de los más importantes valores de la música española.

            Sin olvidar el centenario de tal efeméride, el Trío Arriaga en su concierto de la 47 Semana de Música de Cámara de Segovia, ofreció dos hermosas obras del compositor leridano. Con cierta frecuencia este tipo de homenajes alrededor de una fecha biográfica suelen presentar cierta falta de preparación y unos resultados artísticos no siempre brillantes, sin duda no es el caso del Trío Arriaga que planteó una soberbia lectura del Trío Op. 50  de Granados. Música de gran lirismo, marcada por retazos melódicos de fuerte impronta muy característicos del autor, encantadora por su estilización de lo popular, por el elegante bucolismo y por ese sutil perfume francés que envuelve la página, el Trío Arriaga se decantó por enaltecer la transparencia del discurso, la limpieza de los efectos tímbricos y destacar el aspecto expresivo en una obra claramente deudora de la tradición romántica.

            De estrenar exitosamente la ópera Goyescas en el Metropolitan de Nueva York volvía Granados cuando encontró la muerte. Precisamente el Intermezzo de esa obra, precipitadamente compuesta la noche previa a su estreno, marcó uno de los momentos culminantes del concierto del Trío Arriaga. La emoción del discurso o detalles sublimes como el sensacional unísono de violín y violonchelo son absolutamente inenarrables, hay que estar ahí para apreciarlos y valorarlos en su justa medida.

            La incontestable ejecución del Trío nº 2, Op. 67 de Dmitri Shostakóvich supuso una bofetada expresiva al transportarnos súbitamente del irisado, etéreo y paradisiaco paisaje creado por Granados al tenebroso, subjetivo y temeroso infierno que le tocó vivir a Shostakovich en la Unión Soviética. Nunca valorado en su auténtica dimensión de genio, siempre en el punto de mira y bajo la perpetua sospecha, atenazado por el "Terror" estalinista y temiendo constantemente acabar en el ostracismo o en el gulag, la obra de Shostakovich es fiel reflejo de sus circunstancias personales. En este sentido podríamos decir que es heredero del espíritu romántico ya que en él, el sentimiento encuentra siempre eco en su creación artística, un sentimiento a veces enmascarado -maquillado para satisfacer al régimen- en el que la alegría nunca es alegre, sino sarcástica, y en el que la tristeza siempre es profunda e infinita.  

            Si hay que definir la música de Shostakóvich yo siempre digo bella. Bella por su perfección formal, bella por su fuerza rítmica, bella por su melodismo, bella por su capacidad para crear imágenes en el oyente, bella por invitarnos a la exploración de nuestro yo individual, bella porque, como la persona amada, te convierte en su confidente... bella porque es imprescindible.

             Y todo eso estuvo en la sólida interpretación del elegiaco Trío nº 2 Op. 67. Desde los sorprendentes armónicos iniciales del violonchelo hasta las enfáticas melodías folklóricas judías del Allegretto final, pasando por el musculoso y acentuado torbellino del Allegro non troppo y la subyugante transformación espiritual que a modo de passacaglia supone el Largo, el Trío Arriaga demostró su brillantez técnica y su profundo compromiso expresivo, un maravilloso sentido para marcar líneas de desarrollo donde cada elemento dinámico y rítmico encaja a la perfección para crear una transición coherente entre los marcados contrastes de tensión y reposo que caracterizan la música de Shostakovich.

            Magistral interpretación prolongada en una generosa y enjundiosa propina, consistente en el Scherzo del Trío nº 2, en mi bemol mayor, Op. 100, con la que se cerró el que se va prefigurando como principal acontecimiento artístico del Festival de Segovia.


Luis Hidalgo Martín


47 Semana de Música de Cámara de Segovia

Trío Arriaga
Felipe Rodríguez, violín
David Apéllaniz, violonchelo
Daniel Ligorio, piano

Obras de Granados y Shostakóvich

San Juan de los Caballeros - Museo Zuloaga











miércoles, 27 de julio de 2016

Para soñar despierto





         Decir hoy que las Variaciones Goldberg son una de las más grandes creaciones de su autor, Johann Sebastian Bach, y por ende de la música universal no aporta ninguna novedad, pero conviene recordarlo porque aún hay muchos que no lo saben. Ésta podría ser la idea por la que la Fundación don Juan de Borbón, organizadora de la 47 Semana de Música de Cámara de Segovia, vuelve a programar en tan sólo tres años una nueva interpretación del genial monumento sonoro bachiano. Si en la edición de 2013 Garnati Ensemble, en una fantástica y arriesgada propuesta que podríamos definir como "revariaciones", fue el encargado de dar vida a tan singular página, en este 2016 Ignacio Prego, clavecinista que está adquiriendo una gran proyección internacional, ha devuelto las Variaciones  a su contexto original.

            Conviene llamar la atención sobre las peculiares circunstancias de la composición de esta magnífica música, que fue encargada a Bach por el conde ruso Keyserlingk para aliviar sus largas noches de insomnio, escuchando a su lacayo Johann Gottlieb Goldberg, excelente clavecinísta, compositor y antiguo alumno de Bach. Pero lo más interesante es que no era reclamada como remedio contra el insomnio si no como entretenimiento o estímulo intelectual ante la ausencia del sueño. No sé si Keyserlingk encontró remedio para su mal, pero lo cierto es que prendió la chispa de la creación de la pieza más larga y compleja en su género que nos legó el barroco. Y si la escuchamos con atención, descubrimos que, haciendo honor a su definición, es fuente inagotable de diversidad renovación y sorpresa, ingredientes fundamentales del entretenimiento.

            Y precisamente la búsqueda del entretenimiento, entendido como la ausencia de lugares comunes y el afán de renovación, definió las líneas interpretativas de Ignacio Prego. Profunda expresividad en las variaciones más líricas, sutileza en el matiz, ornamentación ligera y elegante, claridad expositiva en el contrapunto, alternancia en el carácter de cada variación y un sonido de gran belleza extraído de un formidable instrumento en lo sonoro pero no en lo visual, fueron las señas de identidad de una gran interpretación.

            Aparte de la larga media hora de retraso del concierto por la rotura de una cuerda del clave, el público, que llenaba la iglesia de San Juan de los Caballeros, premió con una gran ovación la calidad artística de Ignacio Prego, a la vez que reconocía su vinculación personal y familiar con la ciudad de Segovia.

            Un emotivo Ground en do menor de Henry Purcell fue la propina con la que Ignacio Prego cerró una bella propuesta para soñar despierto. 


Luis Hidalgo Martín



47 Semana de Música de Cámara de Segovia

Las variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach
Ignacio Prego, clave

San Juan de los Caballeros - Museo Zuloaga













martes, 26 de julio de 2016

1, 2, 3... Barroco







          El Trío Audi Alteram fue el encargado, el lunes en la Catedral, de inaugurar la Semana de Música de Cámara. Un ciclo que en su cuadragésimo séptima edición, insertada dentro del Festival de Segovia,  se muestra un tanto descafeinado por la reducción de sesiones y la escasa presencia de representativas formaciones camerísticas.

            En un mágico espacio de luz y color como es el de la catedral a la hora de la caída del sol, el Trío Audi Alteram, integrado por flauta, fagot y órgano, ofreció un sólido repertorio especialmente centrado en el primer barroco. Aunque denominado como trío, pocas fueron las obras en las que el conjunto instrumental presentó este tipo de formación, pues en la mayoría de casos las obras fueron interpretadas a solo o en dúo.

            Entre los solos destacaron la Fantasia contraria en sol para órgano de Jan Pieterszoon Sweelinck, soberbia en su compleja textura polifónica perfectamente articulada por el organista Petrus Paukkunen; la Toccata 7 del compositor genovés Michelangelo Rossi, impresionante por el exacerbado uso del cromatismo en el pasaje final que precipita la música en un vertiginoso salto temporal de tres siglos hacia el futuro; o el Ricercare de Il Dolcimelo de Aurelio Virgiliano en el que con la flauta tenor, María Martínez Ayerza, mostró su virtuosismo en los requerimientos del stylus phantasticus.   

            Dentro de las obras interpretadas a dúo destacaron el Tiento de dos tiples de séptimo tono para flauta soprano y órgano de Francisco Correa de Arauxo, compositor que durante sus últimos catorce años de vida ejerció en esta catedral segoviana, o Vestiva i colli de Bartolomé de Selma y Salaverde, en la que la exigente parte del fagot barroco de Petri Arvo quedó oscurecida por un descompensado balance sonoro con el órgano.

           Las bellísimas glosas de Diego Ortiz sobre la maravillosa composición de Pierre Sandrin Doulce memoire, una de las grandes obras del Renacimiento, mostraron diferentes combinaciones de trío que aportaron frescura y color al carácter nostálgico de la música. Una nueva combinación de trío a dos flautas y órgano en la Sonata quarta sopra l'aria di Ruggiero de Salamone Rossi cerró en forma de variaciones un concierto con una buena asistencia de público.  

                                                                                      
 Luis Hidalgo Martín



47 Semana de Música de Cámara
En torno al órgano
Trío Audi Alteram
Petri Arvo, fagot barroco y flautas dulces
María Martínez Ayerza, flautas dulces
Petros Paukkunen, órgano
Obras de Mealli, Correa de Arauxo, Sweelinck, Virgiliano, Selma y Salaverde, Sandrin, Ortiz, Rossi y Gesualdo.
Órgano de la Epístola de la Catedral de Segovia










1, 2, 3... Barroco







          El Trío Audi Alteram fue el encargado, el lunes en la Catedral, de inaugurar la Semana de Música de Cámara. Un ciclo que en su cuadragésimo séptima edición, insertada dentro del Festival de Segovia,  se muestra un tanto descafeinado por la reducción de sesiones y la escasa presencia de representativas formaciones camerísticas.

            En un mágico espacio de luz y color como es el de la catedral a la hora de la caída del sol, el Trío Audi Alteram, integrado por flauta, fagot y órgano, ofreció un sólido repertorio especialmente centrado en el primer barroco. Aunque denominado como trío, pocas fueron las obras en las que el conjunto instrumental presentó este tipo de formación, pues en la mayoría de casos las obras fueron interpretadas a solo o en dúo.

            Entre los solos destacaron la Fantasia contraria en sol para órgano de Jan Pieterszoon Sweelinck, soberbia en su compleja textura polifónica perfectamente articulada por el organista Petrus Paukkunen; la Toccata 7 del compositor genovés Michelangelo Rossi, impresionante por el exacerbado uso del cromatismo en el pasaje final que precipita la música en un vertiginoso salto temporal de tres siglos hacia el futuro; o el Ricercare de Il Dolcimelo de Aurelio Virgiliano en el que con la flauta tenor, María Martínez Ayerza, mostró su virtuosismo en los requerimientos del stylus phantasticus.   

            Dentro de las obras interpretadas a dúo destacaron el Tiento de dos tiples de séptimo tono para flauta soprano y órgano de Francisco Correa de Arauxo, compositor que durante sus últimos catorce años de vida ejerció en esta catedral segoviana, o Vestiva i colli de Bartolomé de Selma y Salaverde, en la que la exigente parte del fagot barroco de Petri Arvo quedó oscurecida por un descompensado balance sonoro con el órgano.

           Las bellísimas glosas de Diego Ortiz sobre la maravillosa composición de Pierre Sandrin Doulce memoire, una de las grandes obras del Renacimiento, mostraron diferentes combinaciones de trío que aportaron frescura y color al carácter nostálgico de la música. Una nueva combinación de trío a dos flautas y órgano en la Sonata quarta sopra l'aria di Ruggiero de Salamone Rossi cerró en forma de variaciones un concierto con una buena asistencia de público.  

                                                                                      
 Luis Hidalgo Martín



47 Semana de Música de Cámara
En torno al órgano
Trío Audi Alteram
Petri Arvo, fagot barroco y flautas dulces
María Martínez Ayerza, flautas dulces
Petros Paukkunen, órgano
Obras de Mealli, Correa de Arauxo, Sweelinck, Virgiliano, Selma y Salaverde, Sandrin, Ortiz, Rossi y Gesualdo.
Órgano de la Epístola de la Catedral de Segovia










viernes, 25 de marzo de 2016

Homenaje pour le Tombeau de Debussy



      Hoy hace 98 años que fallecía Claude Debussy. La música que ahora conocemos no sería igual sin su aportación. En 1920 Manuel de Falla, otro imprescindible de nuestra música, publicaba esta partitura como homenaje a su amigo parisino. Con esta interpretación quiero dar las gracias y rendir tributo a dos de mis más admirados genios musicales. 




Arbiter elegantiae







34 Semana de Música Sacra de Segovia
Alejandro Bustamante, violín
El violín espiritual
Obras de Biber, Guinjoan, Bustamante y Bach
San Juan de los Caballeros - Museo Zuloaga

Luis Hidalgo Martín

             
 
            Reconozco que durante la Semana Santa soy amante de los tópicos, entre ellos las películas de romanos con los clásicos Ben Hur, Espartaco y Quo Vadis a la cabeza. En esta última, además del histriónico Nerón encarnado por Peter Ustinov, me seduce el personaje del político y escritor Petronio, referido por el historiador Tácito como "arbiter elegantiae". Ni más ni menos que esa idea de árbitro de la elegancia es la que, el miércoles en San Juan de los Caballeros, creó en mi mente la escucha del violinista Alejandro Bustamante. La calidez de su sonido, su finura interpretativa, la concentración de su discurso musical en el que cada nota se muestra como eslabón imprescindible en la cadena expresiva, o su habilidad para mantener la tensión del silencio final que como un marco protector separa la música de la estridencia del aplauso, fueron las fuentes que alimentaron tal pensamiento.
         
            Pero no sólo elegante, también inteligente se mostró Alejandro Bustamante en la confección de un programa que naciendo y muriendo en la época barroca encuentra su madurez en el siglo XX y la actualidad con una selección de obras que, sin ser estrictamente religiosas, invitan a la emoción y la espiritualidad como pocas. 

            La Passacaglia que cierra las célebres Sonatas del Rosario de Heinrich Ignaz Franz von Biber abrió el concierto a la vez que el frasco de las esencias del violinista, sonido redondo y equilibrado, claridad en el difícil tejido polifónico y virtuosismo, orientado no al lucimiento personal sino como herramienta constructiva del edificio sonoro, virtud que volvería a repetirse en la Ciaccona bachiana que cerraría el mágico circulo musical descrito por el violinista.

            Tensió de Joan Guinjoan es una obra de gran complejidad en el aspecto técnico y como propuesta hacia el oyente. Ansiosa y agresiva, con veladas citas al apocalíptico himno Dies Irae que inspirara a compositores como Berlioz, Liszt o Ysaÿe, es una música que exige del intérprete el dominio de numerosas técnicas instrumentales en las que Bustamante demostró su solvencia, pero esa elegancia antes mencionada resultó en este caso ser arma de doble filo. Allí donde el sonido redondo, faltó acritud, y donde la emoción, arrebato.

              Todo ciclo de conciertos debiera siempre estimular la creación de nuevas obras, en esta edición la Semana de Música Sacra de Segovia ha estrenado un total de cinco composiciones. En el concierto que nos ocupa pudimos escuchar por primera vez el Canto al Cristo de los Gascones compuesta por Miguel Bustamante, padre del violinista. Dedicada a la ciudad de Segovia y nacida de las impresiones del autor sobre la leyenda del Cristo medieval es una obra de gran belleza con misteriosas líneas melódicas sostenidas sobre bordones de ecos medievales, sinuosos arabescos y una interesante sección media más agitada y con un lenguaje contemporáneo que poco a poco nos devuelve al ambiente contemplativo original y que felizmente concluye con un literal mutis por el foro.

            De vuelta al Barroco, el concierto concluyó con la monumental Partita 2 BWV 1004 de Johann Sebastian Bach. Obra fundamental del repertorio violinístico, famosa por su inmensa Ciaccona final -muy conocida también por sublimes adaptaciones como las de Busoni, Segovia o Stokowski- y en la que Alejandro Bustamante, haciendo gala de sus dotes para el arbitraje, no incurrió en el error de magnificar la chacona en detrimento de las cuatro danzas precedentes. De nuevo la belleza del sonido, la precisión rítmica, la variedad de carácter, la pulcritud, el equilibrio y ese discurso de amplia visión, capaz de hacer crecer la música, forjaron una interpretación magistral. 


Luis Hidalgo Martín
(Publicado en El Norte de Castilla. viernes 25-3-2016)






Cristo de los Gascones









San Juan de los Caballeros






Ilidio Hidalgo

soledad