jueves, 28 de julio de 2016

Del paraiso y el infierno







             El 24 de marzo de 1916, en mitad del Canal de la Mancha, un torpedo del submarino alemán SM UB-29 partía en dos el buque de bandera francesa Sussex. En pocos minutos ochenta de sus pasajeros fueron tragados por las frías aguas atlánticas, ochenta vidas truncadas por el insensato destino además de por la estéril y absurda crueldad de la guerra, entre ellas la de Enrique Granados, que a salvo en un bote salvavidas no dudó lanzarse de nuevo al agua para intentar salvar a su esposa. Desaparecía así, a los cuarenta y ocho años, aclamado internacionalmente, sin haber alcanzado la cima de su arte y teniendo aún un largo camino por recorrer, uno de los más importantes valores de la música española.

            Sin olvidar el centenario de tal efeméride, el Trío Arriaga en su concierto de la 47 Semana de Música de Cámara de Segovia, ofreció dos hermosas obras del compositor leridano. Con cierta frecuencia este tipo de homenajes alrededor de una fecha biográfica suelen presentar cierta falta de preparación y unos resultados artísticos no siempre brillantes, sin duda no es el caso del Trío Arriaga que planteó una soberbia lectura del Trío Op. 50  de Granados. Música de gran lirismo, marcada por retazos melódicos de fuerte impronta muy característicos del autor, encantadora por su estilización de lo popular, por el elegante bucolismo y por ese sutil perfume francés que envuelve la página, el Trío Arriaga se decantó por enaltecer la transparencia del discurso, la limpieza de los efectos tímbricos y destacar el aspecto expresivo en una obra claramente deudora de la tradición romántica.

            De estrenar exitosamente la ópera Goyescas en el Metropolitan de Nueva York volvía Granados cuando encontró la muerte. Precisamente el Intermezzo de esa obra, precipitadamente compuesta la noche previa a su estreno, marcó uno de los momentos culminantes del concierto del Trío Arriaga. La emoción del discurso o detalles sublimes como el sensacional unísono de violín y violonchelo son absolutamente inenarrables, hay que estar ahí para apreciarlos y valorarlos en su justa medida.

            La incontestable ejecución del Trío nº 2, Op. 67 de Dmitri Shostakóvich supuso una bofetada expresiva al transportarnos súbitamente del irisado, etéreo y paradisiaco paisaje creado por Granados al tenebroso, subjetivo y temeroso infierno que le tocó vivir a Shostakovich en la Unión Soviética. Nunca valorado en su auténtica dimensión de genio, siempre en el punto de mira y bajo la perpetua sospecha, atenazado por el "Terror" estalinista y temiendo constantemente acabar en el ostracismo o en el gulag, la obra de Shostakovich es fiel reflejo de sus circunstancias personales. En este sentido podríamos decir que es heredero del espíritu romántico ya que en él, el sentimiento encuentra siempre eco en su creación artística, un sentimiento a veces enmascarado -maquillado para satisfacer al régimen- en el que la alegría nunca es alegre, sino sarcástica, y en el que la tristeza siempre es profunda e infinita.  

            Si hay que definir la música de Shostakóvich yo siempre digo bella. Bella por su perfección formal, bella por su fuerza rítmica, bella por su melodismo, bella por su capacidad para crear imágenes en el oyente, bella por invitarnos a la exploración de nuestro yo individual, bella porque, como la persona amada, te convierte en su confidente... bella porque es imprescindible.

             Y todo eso estuvo en la sólida interpretación del elegiaco Trío nº 2 Op. 67. Desde los sorprendentes armónicos iniciales del violonchelo hasta las enfáticas melodías folklóricas judías del Allegretto final, pasando por el musculoso y acentuado torbellino del Allegro non troppo y la subyugante transformación espiritual que a modo de passacaglia supone el Largo, el Trío Arriaga demostró su brillantez técnica y su profundo compromiso expresivo, un maravilloso sentido para marcar líneas de desarrollo donde cada elemento dinámico y rítmico encaja a la perfección para crear una transición coherente entre los marcados contrastes de tensión y reposo que caracterizan la música de Shostakovich.

            Magistral interpretación prolongada en una generosa y enjundiosa propina, consistente en el Scherzo del Trío nº 2, en mi bemol mayor, Op. 100, con la que se cerró el que se va prefigurando como principal acontecimiento artístico del Festival de Segovia.


Luis Hidalgo Martín


47 Semana de Música de Cámara de Segovia

Trío Arriaga
Felipe Rodríguez, violín
David Apéllaniz, violonchelo
Daniel Ligorio, piano

Obras de Granados y Shostakóvich

San Juan de los Caballeros - Museo Zuloaga











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Ilidio Hidalgo

soledad